“La Isla era algo mágico”

Rosa (32) y María Lidia Cena (47) se criaron en la isla Cañete, en medio del río Paraná frente a Posadas. Como miles de familias de orilleros que perdieron sus lugares por el llenado del embalse de Yacyretá, recuerdan su infancia en su familia de oleros y pescadores y evocan con nostalgia a la isla como un paraíso perdido. Audios.

Cañete o Itacuá era una de las islas que salpicaban el río Paraná frente a Posadas. En ellas vivían algunas familias de isleños que hacían de la pesca, la cría de animales, los cultivos y la fabricación de ladrillos sus medios de vida. Como los orilleros de tierra firme, los isleños son parte de un sector social desarraigado y desperdigado por la inundación provocada por la represa de Yacyretá.

En el caso de la familia Cena, Rosa y Maria Lidia recuerdan que su padre era pescador pero que también la familia tenía una olería; y que su madre, además de cultivar hortalizas, vender los pescados y criar pequeños animales era lavandera en el río.

María Lidia es la mayor de siete hermanos y Rosa, la menor de todos. Se llevan quince años, por lo que Rosa le pide a María que le ayude a completar su relato de la historia de vida de ambas, sobre su familia, la forma de vida en la isla y los avatares que las trajeron a vivir a la ciudad. A dos voces van aportando a un relato que intenta reunir pedacitos de su historia.

Isleñas: Rosa y Maria crecieron en la isla Cañete. Relato conjunto de una vida de trabajo y sacrificio.

 

Una vida de trabajo:

María Lidia relata que su padre había venido a Posadas desde Santo Tomé y que aquí se hizo pescador. En esa actividad se hizo amigo de los Brítez, una familia que ya vivía en la isla Cañete, y que a través de ellos se asentó en ese lugar.

La familia Cena vivía de la pesca, pero además tenía una olería en la isla. Según Rosa, la fabricación de ladrillos les daba la posibilidad de contar con un recurso más para la sobrevivencia de su numerosa familia.

María Lidia recuerda los años de su infancia y adolescencia como años de trabajo duro y sacrificado, que en su caso incluía, como hermana mayor, el cuidado de sus hermanos.

“ Teniamos que pisar el barro para que él haga los ladrillos, como no había caballo teníamos que hacer de caballo y a la par de ellos teníamos que trabajar -quiera o no quiera – madrugar, ir a la ribera haciendo frio buscar leña para hacer fuego, apilar leña para quemar el horno…”

En cuanto a lo obtenido en la pesca, ambas relatan que su madre salía a vender los pescados pero que su padre también tenía un comercio que se los recibía:

“Tenía un acopiador, vendía los pescados y con eso nos traía la mercadería para nosotros…” recuerdan sobre la búsqueda diaria de la sobrevivencia para la familia.

Rosa refiere a que su padre trabajaba en esas actividades porque eran lo que él podia hacer, era analfabeto” al igual que su madre: “lo que mamá me cuenta, no fueron a la escuela ni ella ni él…”

“Mamá era lavandera, por ahi no cobraba y hacía cambio por mercadería…”

Su madre también era la encargada de los cultivos y la cría de animales, que eran otros sostenes de la vida familiar.

Lo que el agua se llevó:

 

Identidad isleña: Rosa nació en la isla. Su domicilio quedó asentado en su DNI, al que guarda como una reliquia. Foto familiar.

Las periódicas crecientes del río o los cambios provocados por las represas de la región podía cambiar abruptamente la vida de quienes vivían en las orillas y en las islas.

María Lidia recuerda, sin poder precisar las fechas, por lo menos dos grandes crecientes que los obligaron a salir de la isla.

La primera de ellas los obligó a trasladarse a la ciudad, a la zona de la estación de trenes. Luego regresaron a la isla y debieron reconstruir su vivienda.

La segunda creciente fue mayor y en ella según dicen “perdieron todo, la casa, los animales…” y debieron “empezar de cero.” Pero a pesar de esas circunstancias la pesca siguió siendo la principal fuente de recursos de la familia: “Asi y todo papá nunca dejó de pescar , siempre pescó y con eso nos crió a nosotros.” recuerda María Lidia.

María Lidia, hermana mayor de Rosa. Evoca una vida de trabajo y sacrificio en la isla.

Audio 1: La vida en la isla, familia de oleros y pescadores

La dispersión:

Cuando el cambio del régimen del río ya era un proceso irreversible las familias de isleños fueron dejando sus antiguos lugares.

Sobre su padre, Rosa y María Lidia señalan que nunca quiso aceptar la vivienda que le quería asignar la Entidad Binacional Yacyretá:

…“el rechazó, nunca quiso la vivienda…” “El dijo que como se hizo casa solo, nosotros teníamos que hacernos nuestra casa solos. Él rechazó la vivienda.”

Mamá también, se separó de él y fue a hacerse otro ranchito con maderas, con terciado. Con tacuaras…” enfatizan reivindicando la capacidad de gestionar sus propios recursos que tenían como trabajadores del río.

Audio 2: la vida en la isla, la separación de la familia. Las nostalgias. Rosa y Celso, familia de pescadores.

La figura de la madre:

Rosa: la reivindicación de la figura de la madre, mujer trabajadora y sacrificada. “Sufriendo nos crió a todos.”

En el relato compartido las hermanas Cena trasmiten la figura de su madre como una mujer muy trabajadora y sufrida,  que además de la dureza de la vida de los isleños tuvo que soportar la violencia de su marido.

La exigencia extrema de su trabajo de lavandera queda plasmada en el relato de ambas, que cuentan que su madre llegó a parir sola a uno de sus hermanos cuando se encontraba en la orilla lavando ropa, y que luego del parto debió continuar con su trabajo para poder entregar la ropa a sus dueños.

Ambas recuerdan que su madre se separó de su padre a raiz de la  violencia que él ejercía sobre ella.

Mamá era muy sufrida, papá tomaba, él era muy violento, se ponía loco, les pegaba a mis hermanos …” rememoran.

Tenemos que dar gracias a Dios que le tenemos a pesar de que fue tan sufrida y no pasar lo peor en manos de mi papá, que le haya matado, que pasa. Mi hermano cuenta que papá siempre tuvo armas. El tomaba mucho, ya era muy violento. Cuando empezó a ponerse violento con nosotros ya ella decidió separarse. Ella nos llevaba por todos lados, donde ella iba nosotros íbamos con ella… hacia chipa por cantidad para que comiéramos cuando ella lavaba la ropa y con eso ella nos sustentaba. Ella nos pudo criar sufriendo, pero nos crió a todos. Vivi con ella hasta los 17 años. Yo queria experimentar una vida nueva…” relata Rosa.

Una tarde para recordar la vida en la isla.

Nostalgias:

La isla es algo gico, para la gente que pudieron estar ahi y disfrutar es algo muy lindo…” evoca Rosa.

Rosa recuerda que años después de haberse ido del lugar pudo visitar lo que quedaba de la isla Cañete con su marido, antes de que desaparezca bajo las aguas del embalse:

“Yo pude ir ya de grande, antes de que venga esa crecida, pero ya no era lo mismo porque ya no había habitantes. Quedaba un pedacito de isla que pude pisar y recordar ´yo naci aqui´…Qué lindo sería que baje el agua otra vez, por ahi ya no va a quedar nada porque era todo arena…” añora.

“Era mágico porque lo que plantabas surgía … Yo sé dónde era nuestra casa antes y vos miras ahora y es todo agua, no queda más nada. Nuestros recuerdos mismos se van apagando. Me siento y lloro porque me agarra una tristeza. Esto era nuestro mundo, crecimos ahí y lo llevó todo el agua…” lamenta Rosa.

Rosa con dos de sus hijos en la costa del río. Su familia sigue viviendo de la pesca.

Familia de pescadores:

A su turno, Rosa y María Lidia formaron sus propias familias. Rosa se casó con Celso, quien también es pescador y si bien ya no viven en las orillas, la familia sigue viviendo del río.

“Yo remo, tiro red, revisamos el espinel porque él sólo no puede. Más si hay viento uno solo no puede…Vamos rotando los lugares. Hay un lugar donde hay dorado, donde hay armado o bagres. Tenes que seguir donde ellos están y ahi ponés el espinel, siempre dentro de donde tenés permiso. A veces justo el pique está en un lugar donde no podés ir a estirar el espinel. Ojalá tuviéramos el río para nosotros…” describe Rosa sobre el trabajo de pescar.

“Los feriados te ponés vos. Nosotros pescamos de lunes a domingo. El domingo podés descansar, podés arreglar tus anzuelos, hacer más tanzas para mejorar porque cae el pescado y lleva los anzuelos… entonces tenés que volver a armar todo y tenés que tener un día para armar todo. Ahora que llovió mucho viene mucha basura, muchos árboles y ahi revienta tu espinel y eso es una pérdida …” explica.

La actividad de la pesca implica mucho tiempo en el río y exige mucha colaboración de toda la familia en las tareas. Rosa tiene ocho hijos, los más chicos quedan al cuidado de sus hijas adolescentes cuando ella acompaña a su marido al río:

“Le hago faltar a ella dos veces a la semana si él necesita ayuda, yo termino y ya vengo a casa y él se queda en el río, a veces dos o tres días… La vida del pescador es sacrificada, tenés que estar…”

Los hijos de Rosa y Celso. Pescar es un medio de vida y es una pasión.

Rosa cuenta que cuando tuvo a sus primeros hijos, su madre los cuidaba en el campamento de pescadores para que ella pueda ir a pescar.

“Les sigo criando como mamá nos crió a nosotros. Ellos son locos de la pesca…” asegura.

Y si bien señala que se ocupan de que sus hijos estudien, afirma con orgullo que cree que “todos van a salir como nosotros”.

Rosa con su hijo menor y su marido Celso, pescador.

El rio como lugar de vida, familia de pescadores.

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